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Photo by The Guardian
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The Same Names, the Same Line
by David Escobar
Although he presents himself as an anti-establishment alternative, Abelardo de la Espriella’s candidacy for the presidency of Colombia has been gaining support from traditional political clans such as the Char, Gnecco, Araújo, and Molina families, which have historically been associated with electoral and bureaucratic power in various regions of the country.
In the memory of those of us who work in human rights journalism, it is well documented how these clans played a key role in the consolidation of the paramilitary project on the North Coast.
On Colombia’s Caribbean Coast, the paramilitary structures led by Hernán Giraldo Serna, alias “Taladro,” and Rodrigo Tovar Pupo, alias “Jorge 40,” emerged and were sustained thanks to networks of economic, political, and territorial support comprising cattle ranchers, landowners, businesspeople, drug traffickers, state sectors, and members of powerful regional political clans. Various judicial investigations, Justice and Peace testimonies, parapolitics trials, and journalistic reports have pointed to links between sectors of the Gnecco, Araújo, and Molina clans and other segments of the regional elites and the paramilitary phenomenon, particularly around the United Self Defense Forces of Colombia’s (AUC) Northern Bloc. In the case of David Char Navas, a former senator from the Char clan, he admitted before the Special Jurisdiction for the Peace (JEP) that he allowed the AUC’s Northern Bloc access to his political activities and that he received paramilitary support for his electoral campaign.
In La Mesa (Department of Cesar), Gregorio Pérez’s research describes a paramilitary control system that operated as a veritable regime of concentration, subjugation, and terror over the civilian population. Under the command of David Hernández Rojas, alias “39,” a subordinate of Jorge 40, the Frente Mártires del Valle de Upar imposed a mandatory code of conduct, permanent checkpoints, lists of suspects, public punishments, extortion, forced displacement, and land dispossession. Residents could be tied for hours to the goalposts of the soccer field as a public warning, while those identified as guerrilla collaborators were subjected to interrogations, torture, or executions.
The investigation also documents the existence of “La última lágrima” (The Last Tear), a green pickup truck whose name was known to the residents of La Mesa. Suspects were loaded into it, tied up, and blindfolded, and in numerous cases, they were never heard from again. For the population, being loaded into “La última lágrima” meant the prelude to disappearance or execution.
The testimonies collected by Gregorio Pérez also describe massacres, targeted killings, disappearances, torture, and land seizures committed by the group led by alias “39.” Among the events recounted are peasants publicly executed in front of their families, people accused without evidence of collaborating with the guerrillas, corpses displayed as a means of collective intimidation, and entire families forced to abandon their lands under threat of death.
Meanwhile, Hernán Giraldo Serna, alias “Taladro,” was not merely a paramilitary commander. He was also a systematic sexual predator of underage girls in the Sierra Nevada de Santa Marta. The JEP, the Truth Commission, and various investigations have documented for years a pattern of sexual violence, exploitation, and subjugation of girls and adolescents under his armed control. These were not isolated incidents but a systematic practice linked to the power he exercised over the communities of the Sierra Nevada. Investigations have identified dozens of victims and a much broader group of women and girls affected by the sexual violence perpetrated by his paramilitary structure.
The history of La Mesa and the Sierra Nevada shows that paramilitarism was not merely an armed organization. It was also a system of social, economic, and political control sustained by alliances between armed groups and regional power structures, leaving in its wake murders, disappearances, forced displacement, sexual violence, land dispossession, and a deep legacy of fear that still persists in many communities.
Nor is it a coincidence that Abelardo de la Espriella proposes legalizing a portion of the money derived from drug trafficking, illegal mining, and other criminal economies, while promoting the civilian carrying of weapons. These are proposals that connect to two historical pillars of narco-paramilitary power in Colombia: the accumulation of wealth through illegal economies and the expansion of private armed actors under the guise of security. That these ideas are resurfacing today, backed by sectors of the very same political clans that supported the consolidation of paramilitarism on the Caribbean Coast, should not go unnoticed.
The idea may sound reasonable to the well-meaning citizen who fears for their safety. But that very premise—that the protection of life and property must be left in the hands of armed individuals when the state fails—was one of the pillars used to justify the emergence and expansion of paramilitarism in Colombia. History has already shown where that path led: massacres, disappearances, forced displacement, land dispossession, systematic sexual violence, and thousands of civilian victims. Precisely the crimes that marked territories such as La Mesa and the Sierra Nevada during the years of paramilitary rule.
Los mismos apellidos, la misma linea
por David Escobar
Aunque se presenta como una alternativa antisistema, la candidatura de Abelardo de la Espriella por la presidencia de Colombia ha venido acumulando apoyos de clanes políticos tradicionales como los Char, Gnecco, Araújo y Molina, históricamente asociados al poder electoral y burocrático en distintas regiones del país.
En la memoria de quienes trabajamos en periodismo de Derechos Humanos está documentado cómo estos clanes fueron relevantes para la consolidación del proyecto paramilitar en la Costa Norte.
En la Costa Caribe colombiana, las estructuras paramilitares dirigidas por Hernán Giraldo Serna, alias “Taladro”, y Rodrigo Tovar Pupo, alias “Jorge 40”, surgieron y se sostuvieron gracias a redes de apoyo económico, político y territorial integradas por ganaderos, terratenientes, empresarios, narcotraficantes, sectores estatales y miembros de poderosos clanes políticos regionales. Diversas investigaciones judiciales, testimonios de Justicia y Paz, procesos de parapolítica y trabajos periodísticos han señalado vínculos de sectores de los clanes Gnecco, Araújo, Molina y otros sectores de las élites regionales con el fenómeno paramilitar, especialmente alrededor del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). En el caso de David Char Navas, exsenador del clan Char, este reconoció ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) que permitió el acceso del Bloque Norte de las AUC a su actividad política y que recibió apoyo paramilitar para su proyecto electoral.
En La Mesa (Departamento de Cesar), la investigación de Gregorio Pérez describe un sistema de control paramilitar que operó como un verdadero régimen de concentración, sometimiento y terror sobre la población civil. Bajo el mando de David Hernández Rojas, alias “39”, subordinado de Jorge 40, el Frente Mártires del Valle de Upar impuso una cartilla obligatoria de comportamiento, retenes permanentes, listas de sospechosos, castigos públicos, extorsiones, desplazamientos forzados y despojo de tierras. Los habitantes podían ser amarrados durante horas a los arcos de la cancha de fútbol como escarmiento público, mientras quienes eran señalados como colaboradores de la guerrilla eran sometidos a interrogatorios, torturas o ejecuciones.
La investigación también documenta la existencia de “La última lágrima”, una camioneta verde cuyo nombre era conocido por los habitantes de La Mesa. Allí eran subidos los sospechosos, amarrados y con los ojos vendados, y en numerosos casos no se volvía a tener noticias de ellos. Para la población, ser montado en “La última lágrima” significaba la antesala de la desaparición o de la ejecución.
Los testimonios recopilados por Gregorio Pérez describen además masacres, asesinatos selectivos, desapariciones, torturas y despojos de tierras cometidos por la estructura de alias “39”. Entre los hechos narrados aparecen campesinos ejecutados públicamente frente a sus familiares, personas acusadas sin pruebas de colaborar con la guerrilla, cadáveres exhibidos como mecanismo de intimidación colectiva y familias enteras obligadas a abandonar sus tierras bajo amenaza de muerte.
En paralelo, Hernán Giraldo Serna, alias “Taladro”, no fue únicamente un comandante paramilitar. Fue también un depredador sexual sistemático de niñas menores de edad en la Sierra Nevada de Santa Marta. La JEP, la Comisión de la Verdad y diversas investigaciones han documentado durante años un patrón de violencia sexual, explotación y sometimiento de niñas y adolescentes bajo su dominio armado. No se trató de hechos aislados sino de una práctica sistemática asociada al poder que ejerció sobre las comunidades de la Sierra Nevada. Las investigaciones han identificado decenas de víctimas y un universo mucho más amplio de mujeres y niñas afectadas por la violencia sexual ejercida por su estructura paramilitar.
La historia de La Mesa y de la Sierra Nevada muestra que el paramilitarismo no fue solamente una organización armada. Fue también un sistema de control social, económico y político sostenido por alianzas entre actores armados y sectores de poder regional, que dejó a su paso asesinatos, desapariciones, desplazamientos, violencia sexual, despojo de tierras y una profunda huella de miedo que todavía persiste en muchas comunidades.
Tampoco es casualidad que Abelardo de la Espriella plantee legalizar una parte del dinero proveniente del narcotráfico, la minería ilegal y otras economías criminales, mientras promueve el porte civil de armas. Son propuestas que conectan con dos pilares históricos del poder narcoparamilitar en Colombia: la acumulación de riqueza a partir de economías ilegales y la expansión de actores armados privados bajo el argumento de la seguridad. Que hoy estas ideas reaparezcan respaldadas por sectores de los mismos clanes políticos que acompañaron la consolidación del paramilitarismo en la Costa Caribe no debería pasar inadvertido.
La idea puede sonar razonable para el ciudadano bienpensante que teme por su seguridad. Pero esa misma premisa —que la protección de la vida y la propiedad debe quedar en manos de particulares armados cuando el Estado falla— fue uno de los pilares que permitió justificar el nacimiento y la expansión del paramilitarismo en Colombia. La historia ya mostró a dónde condujo ese camino: masacres, desapariciones, desplazamientos forzados, despojo de tierras, violencia sexual sistemática y miles de víctimas civiles. Precisamente los crímenes que marcaron territorios como La Mesa y la Sierra Nevada durante los años de dominio paramilitar.






